Las antípodas

En 1995 viajé a Samoa. Un enorme mapa del Pacífico colgaba por el dorso de la puerta de mi habitación, en casa de mis padres. Tenía veinte años y, a pesar de que disfrutaba de Barcelona, la ciudad que me vio crecer, y de mis amigos, sentía un gran vacío. Mi fascinación por las culturas tribales, la vida sencilla y la naturaleza me llevó a soñar con una isla en la que nada era complicado. Elegí Samoa, un gran archipiélago de islas, por ser las antípodas de Barcelona, el lugar más lejano al que podría ir. Desconocía si encontraría aquello que visionaba en mis sueños, pero estaba dispuesto a emprender esa aventura.

Durante el mes de Enero de ese mismo año, ocurrió algo. Mi buen amigo y joven, como yo, Àlex, murió en un accidente de tráfico. Fue en una noche lluviosa cuando se estrelló con su coche a causa del aquaplaning. Era la noche de Reyes y habíamos quedado junto con otro amigo, para echar unas risas. Àlex, no llegó. Recuerdo perfectamente el día que nos reunimos los amigos para darle un "hasta siempre". Él yacía en un sencillo féretro de madera y yo lo miraba incrédulo, moviendo la cabeza de lado a lado. Con lágrimas en los ojos y con poco aire en mis pulmones le di un beso en la frente.

Mi abuela era una de las personas con la que me sentía conectado. Era muy mayor y estaba débil. No podía disgustarla con una mala noticia como la muerte de Àlex, así que nunca le conté nada. Pocos días después me encontraba en la habitación de mi abuela, cogiéndole de la mano mientras ella me preguntaba si yo veía esas luces en la pared. La única luz que vi fue la de su alma. A las pocas horas me dieron la noticia de su muerte. Cuando me encontré frente a ella lo primero que hice, y no sabría decir porqué, fue poner mi mano sobre sus ojos. Me transmitió paz y desde ese momento supe que siempre me acompañaría y que nunca me dejaría.

Estos dos sucesos, en el mismo mes, me confundieron más de lo que ya estaba. Nada encajaba. Dos meses después emprendía, con mi pequeña bolsa, un viaje hacia la Polinesia, en el centro del océano Pacífico. Conocí a personas magníficas y olí el paraíso, aunque mi mente no estaba preparada para tan enorme dosis de realidad. Demasiado tiempo encerrado en una sociedad implacable.

Han pasado veinte años, que se dice rápido, ¿eh? Durante este tiempo no he dejado de soñar en Samoa. Siento que va siendo hora de rendir cuentas conmigo mismo.

En esta fotografía, tomada por Diosdado Dalosa, Rotorua y yo posamos frente a un retrato del Kitano Tusitala, "el contador de cuentos". Así llamaba el pueblo samoano, cariñosamente, a Robert Louis Stevenson, que vivió y murió en Apia en 1894.

Comentarios

©2023 Ride To Roots | Todos los derechos reservados | Protección de datos