Viaje con conexión

Hoy ha partido la querida Zebra Roja hacia Barcelona, en barco, desde Ciudad del Cabo. Han sido cuatro meses y medio intensos viajando con ella, cruzando de norte a sur el continente africano.

Recuerdo que al inicio del viaje, después de un año frenético y complicado de trabajo, necesité un reposo de dos semanas en La Baraka, en Merzouga. Estuve entre buenos amigos y fueron días de descompresión. Fue necesario, pues empezaba un viaje largo y corría el riesgo de que el stress acumulado distorsionara las vivencias que me esperaban.

Han sido más de 20.000 Kilómetros de vivencias. Cada kilómetro ha sido mágico. Cada noche he contemplado ese cielo que todos compartimos. Los kilómetros no me han cambiado pero sí que me han alimentado. He podido sentir más que nunca esa fuerza que nos une a todos y a todo. Eso es lo más grande que existe y cuando uno reflexiona se puede dar cuenta de que se trata del infinito.

Me he encontrado cómodo en todos los lugares por donde he pasado y con toda la gente que he conocido. Incluso cuando en las fronteras los policías corruptos me lo ponían difícil, o cuando fui “víctima” de un secuestro express en Kinshasa, siempre he encontrado la manera de estar en equilibrio con el contexto. Somos seres que cuando logramos fluir con naturalidad, podemos conseguir cualquier cosa. Podemos hacer que cada relación, cada encuentro con otro elemento de la naturaleza, sea especial y positivo. Los temores no son más que una parte de la información que recibimos y en ningún caso deben hacernos retroceder.

No he echado de menos en ningún momento mi vida en Barcelona. A veces, se me escapa una sonrisa cuando me acuerdo de alguna situación emotiva o divertida que he compartido con Simona, mi familia o alguno de mis amigos. No se trata de añoranza, pues estamos completamente conectados y nunca me he sentido lejos.

Todo aquello que me ha sucedido durante este periplo, en absoluto ha sido extraordinario. Vivimos todos en la misma realidad y tenemos la capacidad, sin excepción alguna, de exprimir nuestras sensaciones. Es entonces cuando encontramos la paz.

Es tremendo el vínculo que he ido forjando con la Zebra Roja. Es una máquina, sí, pero ha habido momentos en que la he visto humanizada por las miradas de la gente. Miradas que hablaban. Y es curioso que, en ninguna de esas miradas he encontrado la envidia. Mas bien, esos ojos abiertos transmitían fascinación y amor. También he podido comprobar que a las gentes de esos lugares, que parecen ser tan remotos, les encantan las visitas.

Ahora, todavía en Ciudad del Cabo, pero sin mi Zebra Roja, siento que el viaje por este hermoso continente ha terminado.

Gracias a todos los que me habéis enviado toda esa energía desbordante.

Un abrazoso! ;)

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